El Culto a la Ceiba

NKUNIA NGUNDA O MUSINDA NSAMBI EL CULTO A LA CEIBA (1)
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En este libro se estudia como el ngangulero ve en el simbolismo de la ceiba (como en cualquier árbol sagrado) el ámbito simbólico de la solución de sus conflictos, ya que el árbol le ofrece un lenguaje propio en el cual encuentra una armonización a las siguientes oposiciones: la vida, la muerte, el bien y el mal, el orden social y el desorden social; y ello le confiere seguridad a su existencia.  Dentro de este estudio se revelan todo un aspecto escondido de la interpretación que el ngangulero hace a partir de la realidad social y el mundo.

LA CEIBA EN EL «KIMPUNGULUʺ

Partiendo de la consideración de que el universo simbólico del ngangulero es un sistema lógico, resultaría muy difícil el no prestar una especial atención al mensaje que encierran los «kutuguango», que son los cuentos tradicionales congos.

Transmitidos por tradición oral, estos «kutuguango» contienen todos los mitos religiosos y ofrecen modelos de comportamiento, aportando un apoyo muy importante en el terreno de las creencias.

A través de los «kutuguango» que han sido recogidos en los «nsó-nganga» visitados, se observa como, en torno al simbolismo del árbol, llamado «nkunia» en congo, existe una confrontación entre la vida y la muerte, que en congo reciben respectivamente el nombre de «burire» y «malala».

El simbolismo del árbol y especialmente en el caso de la ceiba (Ceiba Pentandra), el árbol más sagrado de los nganguleros, representa una constante en la mayoría de los «kutuguango» recogidos; por ello, se ha considerado necesario el hacer un análisis y la exposición del simbolismo de este árbol tan sagrado e importante en las creencias de los nganguleros, así como el culto que recibe, ya que ello permite el acceder a la lógica del sistema religioso afrocubano que aquí es objeto de estudio.

El análisis del simbolismo del árbol en los «kutuguango» y del culto que recibe, muestran como el ngangulero se enfrenta con la vida, y la vida misma no es más que el terreno donde este busca poder dar un sentido y un remedio a sus conflictos.

Los nganguleros siempre han considerado a los árboles como el ámbito simbólico privilegiado de la vida y de la muerte, ya que a través de ellos, pueden escuchar las voces de los «mpungu» (trad. santos congos), de los «kinyula nfuiri-ntoto» (trad. espíritus de los antepasados), de los «ndúmbe nfuiri-ntoto» (trad. espíritus difuntos protectores) y de los «nfuiri-ntoto» (trad. espíritus difuntos en general).

El viejo adagio que dice: «quien a buen árbol se arrima, buena sombra le cobija» tiene una gran y muy especial significación para los nganguleros; ya que, en efecto, los nganguleros se amparan a la sombra de los árboles («nkunia», en congo), tal como si fuera la sombra de los espíritus.

Así pues, por ejemplo, Lucero-Mundo, llamado también «Nkuyu-Nfinda», es el «mpungu» dueño absoluto de la barrera mística que separa la vida y la muerte, lo espiritual y lo material, el mundo de los seres humanos y el mundo sobrenatural de los espíritus; en definitiva, todo aquello que es dual. Este «mpungu» congo, recibe culto en cualquier árbol que se encuentre en una encrucijada de caminos.

ʺGuru-Nfindaʺ, también llamado ʺTata-Nfindoʺ, es la personificación de todo ser vegetal. También se le considera el temible guardián de la «nfinda» (trad. monte) y del cumplimiento de las leyes de la «nfinda»; por ello, para coger cualquier objeto o fuerza de la naturaleza, es preciso pedirle «licencia» (permiso) y hacerle entrega de un «derecho» (tributo simbólico).

En ocasiones, se le representa como un curandero, anciano, encorvado, que porta sobre su espalda un enorme saco o «jolongo» de yute en el que lleva hierbas milagrosas («muy brujas», asegura Cheo Barreto); y en otros momentos se le representa como un guerrero tosco y corpulento, con visible cojera y lesiones provocadas en sus luchas con Zarabanda por el dominio de la espesura de la manigua, tal como señalan algunos mitos congos.

También ha podido comprobarse a través de las informaciones ofrecidas por los nganguleros, como cada «nkunia» (trad. árbol), cada «kongué» (trad. planta), cada «nfita kuna-yánga» (trad. bejuco), o cada «nfita» (trad. hierba), tiene su dueño específico. Este dueño siempre es un «mpungu» que le ha transmitido una fuerza concentrada con propiedades sobrenaturales.

Aunque cada especie vegetal tiene por dueño a un «mpungu» concreto, también ha podido comprobarse como existen numerosas especies de árboles, plantas, bejucos y hierbas, a las que los nganguleros asignan un dominio compartido por varios «mpungu», e incluso por todos los «mpungu» en algunos casos, tal como se verá. Ricardo O’Farrill no se muestra de acuerdo con esta apreciación, a pesar de haber sido constatada por la mayoría de los nganguleros entrevistados, y manifiesta lo siguiente:

«No es cierto lo que te han contado sobre los dueños de los palos y de las hierbas. Cada palo y cada hierba tiene un único dueño o dueña, que siempre es un «mpungu» congo. Si tuvieran varios dueños, no habría orden y concierto, y si fueran todos los «mpungu», sería ya el «desmadre», algo caótico.

Mis antepasados africanos llamaban a los «mpungu» en el monte a través de los árboles, de las plantas y de las hierbas de sus dominios respectivos. Sin embargo, hoy en día, por desgracia, muchos de los secretos de los africanos se han perdido… y lo que hay actualmente en muchos «nsó-nganga» de Miami, es un «salcocho» o un «arroz con mango» (confusión) que no hay quien se aclare… Todo esto no es más que fruto del desconocimiento, y el desconocimiento trae la confusión, sobre todo en los que no saben y creen que saben.

Bajo ningún concepto puedo permitir que escribas en tu «tratado», por ejemplo, que el jobo (Spendias Merabi, Lin.) es de Siete Rayos cuando es de Lucero, y es así porque siempre lo ha sido así y es la absoluta realidad, diga lo que diga mi amigo, compadre y «hermano» (de religión, esto es: ngangulero) Cheo (Barreto), y con todos mis respetos…».